Los primeros dibujos

Antes de iniciar la escuela primaria, era más lo que jugaba que lo que dibujaba. Tendría seis años cuando, en la casa de una tía muy autoritaria, se me ocurrió dibujar un caballito, con el dedo mojado en cascarilla, en el mantel blanquísimo. La cascarilla era el chocolate de los pobres, se preparaba hirviendo en leche la cáscara del cacao. A mí no me gustaba, como tampoco me gustaron los cuatro cachetazos que recibí al unísono. Un año después un tío me regaló un libro con fotografías de todos los aviones de Air France. Me pasé horas copiando los modelos. Para esa misma época, también hice un raspado pequeñísimo y prolijo en un vidrio pintado de la puerta del baño. Una noche mi madre me sorprendió espiando a una tía y no me dijo nada bonito. Fue mi primer y último cincelado sobre vidrio esmaltado. Aquella misma noche, esa técnica pictórica pasó al olvido para mí.

Con los ocho años reglamentarios para ingresar a primer grado cumplidos, salvo las cuatro horas de clase me lo pasaba casi todo el día en la calle (de rigurosa tierra). Volvíamos a casa de mala gana después de infinitos llamados de nuestros progenitores. Las madres gritaban como locas sueltas o silbaban con estridencia para arrancarnos del campito después de que terminaba el "picado".
La disciplina militar que imperaba en la escuela casi frustra mi inclinación, pero yo me desquitaba dibujando en el barrio. Un día se jugaba un clásico del fútbol platense: Estudiantes contra Gimnasia. Yo era (todavía soy) hincha del primero y, para mi desgracia, había ganado Gimnasia. Hice un dibujo con la escena del único gol del partido y, por la noche, se lo pasé por debajo de la puerta al panadero del barrio. Sus dueños y empleados eran todos fanáticos del Pincha. A la mañana del día siguiente, fui a comprar el pan como de costumbre y me preguntaron si sabía quién había sido el "malparido" del dibujo. Allí hice mis primeras armas en hacerme bien el boludo.

Bachillerato "dibujado"

Mi pasión por la caricatura aumentó en el colegio secundario porque me animaban mis malvados compañeros. Me pedían dibujos de profesores y de otros alumnos, a quienes hacía desmesuradamente feos agregando algún centímetro a sus apéndices nasales, un esbozo de estrabismo, barba y bigote incipientes en las damas, algún diente de menos o un mentón diminuto. La caricatura circulaba de mano en mano provocando risas y desorden general, hasta que era confiscada indefectiblemente por el profesor de turno. Podrán imaginar, queridos amigos, que si el dibujo lo representaba a él, le causaba muy poca gracia. En consecuencia, me obligaba a redoblar mis esfuerzos para eximirme en su materia. Así fui ganando la admiración o el odio de los caricaturizados.
Una vez, tuve la poco feliz idea de dibujar a la profesora de Literatura en una tabla que se había desprendido de un pupitre. El estrépito provocado por el pasaje de mano en mano del dibujo atrajo la atención de la profesora, quien descargó su ira y la tabla misma sobre mi cabeza. A partir de ese momento juré no volver a caricaturizar jamás a una dama, en especial haciéndola más gorda y en una tabla.

Durante el bachillerato, dibujaba a un compañero de origen sirio cuyo perfil era una réplica tentadora de los personajes de los frisos: nariz larga y recta y mirada inexpresiva. Todo comenzó cuando en la clase de Historia nos tocó estudiar la civilización siria. A partir de ese momento los demás me pedían: "¡Hacélo de turco!", "¡Hacélo de gaucho!", "¡Hacélo de gallina con un gallo arriba!". Cuando terminé el secundario e ingresé en la Facultad de Ciencias Médicas, este compañero, que hacía la misma carrera, me dijo mansamente un día: "Soporté durante seis años tus dibujos. Te pido amigablemente que en la facultad no me dibujes más". Le juré no hacerlo y cumplí. Pero muchas veces me pregunté si alguna vez no habría extrañado ser el personaje que animaba cotidianamente la clase.

Cuando empecé a cursar la carrera de Medicina se destacaba un alumno que, influencias mediante (el padre era titular de una cátedra), siempre conseguía una ubicación a no más de dos metros del profesor. Las clases se dictaban en un enorme auditorio escalonado formando gradas con capacidad para seiscientos estudiantes.
Este compañero tenía la costumbre de asentir con la cabeza a todas las explicaciones del titular de Anatomía, quien vociferaba con entusiasmo delirante una catarata de datos durante tres largas horas diarias. La ceremonia se repitió en los nueve meses que duró la cursada. Después de aprobar la materia con una nota sobresaliente volvió a sentarse con el resto de los alumnos, casi siempre muy cerca de una compañera muy linda y provocativa. Él le hablaba y le sonreía, mientras ella le prestaba leve atención. Lo dibujé con su larga nariz aguileña y su delgadez conmovedora, pero vestido de hawaiana. En lugar de la clásica pollera de hojas de palmera le hice una con medias que colgaban de la cintura haciendo alusión a su fama de "chupamedias". Como era previsible, la ceremonia de pasar el dibujo de un alumno a otro se repitió hasta que lo recibió la musa de los desvelos del esmirriado amante. Éste se paró enfurecido, buscó entre los seiscientos estudiantes al responsable (yo) y a los gritos me desafió a pelear en el baño.
-¿Pelear? ¡Yo no quiero pelear! -balbuceé.
-¡Te espero ya! -dijo él, mientras se dirigía a la salida con aspecto de boxeador clásico. La escena era festejada bulliciosamente por los quinientos ochenta y ocho alumnos que nos seguían hasta los baños. Lo acompañé, con vergüenza y desgano.
Mi rival me atacó con lo que él suponía era fuerza y en respuesta le apliqué una cachetada sin vigor en la oreja, después de la cual comenzó a surgir un finísimo hilo de sangre del pabellón. El resultado fue un corte de medio centímetro de largo.
Pero el tiempo no borra todas las cicatrices...
Pasaron los años y mi hijo siguió también la carrera de Medicina. Cuando tuvo que rendir una de las materias finales, el profesor era el mismísimo que se había peleado conmigo.
-¿Usted es Gustavo Vigo? -le preguntó.
-Sí doctor.
-¿Su padre es el doctor Joel Vigo?
-Sí doctor.
-¿Ve esta cicatriz en mi oreja?
-Sí... doctor.
-Me la produjo él en una gresca.
Mi hijo pensó que sería aplazado en el acto. Sin embargo, después de hacerlo sufrir con preguntas y repreguntas le puso un ocho. El ahora profesor cicatrizado resultó ser un verdadero caballero.

El matriculado 10131 sigue dibujando

Cuando ya era un doctor hecho y derecho (no un doctor en Derecho), continué con mi manía de dibujar a diestra y siniestra. Siniestros fueron también los resultados de algunas de esas caricaturas.
Contando con más de una década de profesión, hice un curso de Radiología en la Capital dictado por un profesor que era muy arrogante. Tenía un bigote renegrido por la tintura, ancho, sin solución de continuidad en el medio, que le cubría los labios por completo. Sentí un amor a primera vista por ese mostacho y lo dibujé más exagerado todavía. Le entregué la caricatura a un colega y así se inició el pase de mano en mano. La desatención de los cursantes molestó al profesor, quien confiscó el dibujo. Lo miró de reojo y, con expresión de ira y desprecio, unió sus cejas tupidas a su grueso bigotón. Su cara era todo pelo salvo los ojos, que relucían hirientes.
Durante el resto del curso, no volvió a mirarme ni a dirigirme la palabra. Igual recibí mi diploma que acreditaba puntaje para mi currículum, que era lo que en general más nos interesaba a los concurrentes.

En 1979 asistí a un Congreso de Cardiología en la ciudad de Córdoba. El trayecto de ida lo hice en auto con un colega que manejaba en forma cadenciosa y meticulosa como el andar de un caracol. Tan largo resultó el viaje que, en una actitud profundamente irracional, fui empujando con los pies el piso de mi asiento de acompañante como si pudiera acelerar aquella marcha aletargada. Estaba ya a punto de perforar no sólo la alfombra sino también la chapa cuando las primeras estriaciones serranas me contuvieron. Me comprometí entonces conmigo mismo a hacer el viaje de regreso en avión, y así lo hice. Pero la suerte no suele acompañar a los maquinadores...
Ni bien me instalé en el aeropuerto, anunciaron el tradicional atraso. Para acortar la espera me puse a dibujar la sala de embarque con todos sus detalles kitsch, ostentosos y de mal gusto: plantas colgantes de plástico, macetas pintadas de dorado, paredes furiosamente violetas y dos enanitos multicolores.

El tiempo fue pasando y, abstraído como estaba, no noté que a mi lado se encontraba un soldado enorme con su fusil y bayoneta calada, junto a un suboficial llamativamente pequeño y renegrido. El gesto del sargento era auténtico; denotaba fuerza real, congénita, brutal, y congeniaba muy bien con un rostro que exhibía bigote espeso y barba del día anterior. El entrecejo estaba cubierto por el casco, que le quedaba grande. El gesto de fuerza del soldado, en cambio, era fingido. Parecía más bien un "puchero".
Tengan en cuenta, queridos amigos, que estábamos en pleno Proceso Militar y que ponerse a dibujar un aeropuerto no era justamente una idea brillante...
-¡Queda detenido! -dijo de pronto el soldado, con voz aflautada -¡Lo arrestamos por terrorista! ¡Está haciendo un reconocimiento del aeropuerto para tramar un ataque! ¡También traiga ese esquema que está relevando!
Los acompañé, no sin antes esbozar una defensa. Les dije que era médico, que dibujando mataba el tiempo...
-¡A vos te vamos a matar...! -dijo el de casco grande.
Me subieron a un jeep. Adelante iba el suboficial del Cromagnon con su espada desenvainada y atrás el soldado con su bayoneta temblando apoyada en mi espalda. Me llevaron al Comando, donde me hicieron sentar en un banco duro, y en cierto momento el opresor miró mi dibujo del aeropuerto y dijo:
-¿Dónde iba a poner la bomba?
-¿Qué bomba, almirante?
-¿Ésta no es la prueba?
-No brigadier. Yo soy Joel Vigo, médico aficionado al dibujo y sin otra intención que acortar la espera dibujando la sala de espera.
-¿Seguro?
-¡Soldados! ¡No, soldado, pálpelo de armas! Con manos de ordeñador el soldado me revisó y solamente encontró mi lápiz, mi goma y mi sacapuntas.
-¡Nada, mi sargento!
Pasaron unos minutos eternos. Repentinamente, el milico se cuadró y me dijo:
-Queda libre.
Harto de mis explicaciones me dejó ir, no sin antes devolverme el cuerpo del delito. Al parecer, ni siquiera le había agradado. Esto último me entristeció mucho.
Alcancé el único avión que salía ese día, con tal atraso que el colega que iba a traerme de regreso en auto llegó varias horas antes.

Todos los años dibujaba a los médicos, residentes, familiares y amigos con motivo de alguna situación graciosa y los proyectaba en un telón. Como algunos no quedaban conformes con sus caricaturas, o prestaban atención dispersa, decidí hacer dibujo de humor con personajes imaginarios y situaciones universales.

Cursos, talleres y otras delicias

En el dibujo humorístico, siempre fui autodidacta. En una oportunidad, con el objeto de intentar mejorar decidí hacer un curso de pintura comenzando con los clásicos cubos y frutas, frutas y cubos. El profesor era muy parecido al famoso asesino Landrú: todo pelo, menos los ojos vivaces y la boca finita. Era tentador, fácil, esquemático. Muy inclinado a dar indicaciones al oído del alumnado del bello sexo. Lo contorneé con pocas líneas definidas y muchas indefinidas. Nuevo pasaje de un estudiante a otro con risotadas que atrajeron al maestro piloso, quien relojeó el esquema mostrando desdén. Como no congeniábamos, dejé de ir.

Tiempo después, concurrí a unas pocas clases de un personaje irrepetible e inolvidable. Usaba un guardapolvo largo y gris como un portero o un mecánico de viejas máquinas rurales. Las clases estaban colmadas de señoras que acotaban permanentemente comentarios hogareños o climáticos y me hacían muchas preguntas por sus dolencias. Así yo no podía terminar una sola línea. Hablé con el profesor para que me enseñara algunas técnicas para aplicar a mis dibujos y de esa manera evadirme del cotorrerío infernal.
-¿Qué querés que te enseñe?
-Lo básico.
-Lo básico son dos cosas -dijo él-: no cambies tu estilo y tu forma espontánea de dibujar, y recuerda que cuando logres un personaje que te satisfaga, es totalmente lícito que te autoplagies. Dos consejos que siempre me acompañan.

No todas fueron flores
Peripecias para la concreción de las muestras

Ustedes estarán preguntándose si éstos fueron los únicos infortunios que viví como aficionado al dibujo de humor. En realidad, los más insólitos comenzarían con las primeras exposiciones. Fueron casi veinte años de lucha tenaz entre mi terquedad y la indiferencia y el desorden imperantes en los espacios destinados a la presentación de diversas exposiciones.
Las más de sesenta muestras que llevo realizadas en distintos ámbitos me han demandado gran esfuerzo y tozudez, no tanto para hacer los dibujos sino para concretar los eventos. Tengo tantas anécdotas como para llorar a mares, pero fui superándolas una a una con buen humor, paciencia, obcecación, furia y tristeza mechados con alegría, en especial cuando llegaba el día de la inauguración.
Las primeras las hacía con invitación personal. La frecuencia con que las realizaba, aun con temas distintos, me disuadió de seguir con esa práctica.
Comprendí que significaba poner en compromiso de concurrir a personas que no tenían ningún interés, sino que los atraía mucho más algún vinito o saladito que hacía servir. Como muchos charlaban sin ocuparse de la muestra y se iban muy apurados cuando se terminaban las "carnadas", decidí hacer las siguientes "a secas". Ya para la quinta suspendí la inauguración formal. Ahora sabía que sólo irían aquellos que se interesaran de verdad.
Por suerte, la concurrencia siempre fue considerable y con predominio de jóvenes. Nunca fui jefe, por lo tanto no tuve ni tengo subalternos obsecuentes que colmen salones y beban y alaben a sus jefes-pintores.

Mi primera muestra la hice sin recomendaciones ni antecedentes. Fui por las mías a ver a un funcionario de Cultura de alto rango. Con mi carpeta de dibujos bajo el brazo, imaginaba ser un corredor de productos a la espera de un comerciante indiferente. Una secretaria me dijo que esperara. Me entretuve mirando a una empleada de piernas bien torneadas de tanto recorrer el largo pasillo con una enorme pava. Era la aguatera oficial, quien proveía de agua caliente a los empleados de las infinitas oficinas para que prepararan sus infusiones, en tanto los destinatarios leían sus diarios y hablaban de "minas" (yo también fui empleado público). Las damas cuidaban esmeradamente sus uñas, cabello, pestañas y bocas para prestar mejor atención a quienes esperábamos.
Cuando la distribuidora de agua caliente había recorrido por trigesimoquinta vez el pasillo llegó de la calle un sujeto con barba en cerrojo, gordo, prepotente y tosco. Nuestra aguatera le dijo: -Buenos días, señor director. ¿Gustaría un café?
Aproveché entonces para acercarme humildemente y mostrarle el primero de varios dibujos que había llevado, e intenté decir algo. Él, sin siquiera mirarme, me dijo:
-Hacé nomás la muestra, pibe -mientras en la puerta del despacho, una secretaria de pelo oficialmente rubio y lacio le extendía los brazos prometedores. Era, seguramente, la más ágil y pícara. Superó ampliamente a otras dos que intentaron atenderlo, pero que no pagaron ni placé.
Gratificado y triste a la vez, volví a mi casa. No sabía la fecha ni el lugar donde se llevaría a cabo la muestra, pero el mandamás ya me había dado el sí. Entre tanto estrógeno y perfume, ¿se acordaría después de mí?
Por suerte pude concretarla y, a partir de ese momento, empecé a reunirme con subalternos de categoría mucho menor.

E n mi trayectoria como expositor, era común que después de innumerables visitas a los encargados de los salones, y cuando ya creía haber sorteado todos los escollos, surgiera un inconveniente de último momento.
-No hay luz.
A comprar lámparas.
-Hay goteras en el salón.
A cambiar de lugar los dibujos.
-No hay llaves.
Las tiene la señora NN que vive... demasiado lejos.
Mi pesadilla de llegar por la noche a un barrio desconocido, en invierno, sin el domicilio preciso ni persona alguna a quien consultar, se concretó. Ubiqué la casa y me atendió un hombre de las cavernas que, furioso, me gritaba desde el fondo del pasillo:
-¿Qué quiere? ¿Quién es?
-Soy el doctor Vigo y vengo a buscar las llaves del salón.
-¡Otra excusa que inventó otro candidato de la loca de mi mujer!
-Pero mire que yo vengo solamente por las llaves...
-Bueno -y arrojó el manojo, que pasó sobre mi cabeza y cayó en la zanja de la calle.
Poco tiempo después, terminó siendo paciente mío.

En la colocación de otra muestra, tuvimos que luchar con una escalera de uso oficial que estaba semidestruida. Le faltaban escalones y se bamboleaba con cada movimiento como avisando que iba a desarticularse. En la mitad del trabajo apareció un sujeto desagradable y pequeño que, sin siquiera saludarnos, dijo:
-¡Larguen esa escalera que es mía!
Llamé al encargado y me confesó:
-Tengo que aguantar los caprichos del Turco porque es el único que sabe de electricidad entre los ocho que están nombrados.
Dos horas después, nos "facilitó" la escalera y terminamos nuestra tarea.
Como toque final, pusimos los programas sobre una mesa que nos llevó horas conseguir y, debido a que se volaban con el viento, me acerqué a un tropel de ordenanzas que habían mirado todas las escenas sin ofrecer ayuda.
-Señores, ¿podré conseguir un objeto algo pesado para que no se vuelen los programas?
-Vaya a la calle, que los de Obras Sanitarias rompieron la vereda, y tráigase una baldosa -dijo uno. La coloqué y le pegué un cartelito que decía: "Atención de la Sala de Exposiciones". Nadie reparó en ello.

Llegó otra muestra y el mismo día me dijeron:
-No hay paneles para colgar los trabajos.
-¿Y los que había hasta ayer?
-Se los llevaron.
-¿Adónde?
-No le puedo decir.
-¿Quién se los había prestado?
-Tengo prohibido decirlo.
Le hablé gentilmente y se ablandó.
-Son del Consulado de Italia. No le diga nada a nadie pues mi puesto corre riesgo.
Me fui volando al Consulado de Italia y me atendió una señorita con el lógico acento ítalo-castellano.
-Buenos días, señorita.
-Buen día, signore.
-¿Ustedes tienen paneles?
-No, signore, no son nuestros. Y ya los devolvimos.
-¿A quién?
-¡Me compromete!
Después de halagarla, logré que me dijera que eran de la Legislatura. Vigo rumbo a la Legislatura... Luego de muchos anuncios, secretarias y ordenanzas, me atendió un personaje de alta jerarquía. Le pedí los paneles y me los negó, simplemente porque la muestra iba a llevarse a cabo en una institución que él odiaba.
-¡Esa gente nunca devuelve lo que pide!
-Pero doctor, mi muestra está programada para mañana. Los programas y la promoción en los diarios ya están hechos.
-No se los presto.
-Con esto usted me mata. ¡Gracias y buenos días! -dije casi gimoteando. Giré y me fui con la espalda hecha un arco.
-¡Señor! ¡Señor! -regresé- Se los presto con la condición, y bajo su palabra de honor, de que terminada la muestra me los devuelva.
Ese mismo día hice el traslado de los enormes y pesados paneles, con la ayuda de mi hija y de un amigo con su camioneta. La distancia que mediaba entre un edificio y el otro sería a lo sumo de doscientos cincuenta metros. Entre memos, permisos y demás yerbas tardamos más de tres horas para llevarlos a la sala de exposición.
Hice la muestra sin problemas y, cuando ya terminaba, el director del salón me dijo solemnemente: -Vigo, hemos quedado mal con usted. Nosotros mismos devolveremos los paneles.
-Pero...
-Es el director quien se lo promete.
A los dos meses, pasaba en auto con mi esposa frente al salón y ella me dijo:
-Todavía están los paneles.
-No jodas.
Volví a pasar, bajé y aún estaban, aprovechados para una muestra de fotografía.
Al llegar a casa, me esperaba una citación policial. Tenía veinticuatro horas para devolverlos, y, de no hacerlo, sería detenido. Los devolví y me presenté al furioso cancerbero de los paneles. Le pedí disculpas, giré y mientras me iba le dije:
-Gracias y disculpe.
-Señor, señor...
-Y ahora qué pasa -dije por lo bajo.
-¿Quiere hacer una muestra aquí, en la Legislatura?
Por supuesto que la hice, y sin sobresaltos.

En una de las muestras satiricé a dos militares. Casualmente, ese dibujo fue elegido y publicado por el diario para anunciar la exposición. Mi esposa recibió un llamado telefónico con amenazas por culpa del dibujo. Analicé el problema y decidí que era mejor un cobarde entero que un valiente hecho trizas. Fui a la muestra y, sigilosamente y muy avergonzado, saqué el dibujo en cuestión. Terminada ésta, retiré los restantes y descubrí que me había olvidado de otros tres con militares en situaciones todavía peores, y no los habían visto.
A partir de ese momento decidí no tocar más temas políticos ni militares.

Pero tampoco fueron todas piedras...

Mis queridos amigos: ustedes pensarán que no estoy en mis cabales. Primero les cuento tantas pálidas y luego termino haciendo tantas muestras. ¿Cómo se entiende? Es muy fácil.
Es una satisfacción personal poder mostrar, plasmado en un dibujo, lo que empezó siendo una simple idea o vivencia.
Para esto, siempre me aferro a mi anhelada tríada:

Dibujar con estilo propio.
Expresar el texto en forma concisa y clara para todos.
Intentar ser ocurrente y/o gracioso.

Espero que hayan disfrutado con humor estas experiencias con el dibujo de humor.